Parte II — Madrid se hizo realidad
✈️ Llegar a Madrid
El viaje empezó temprano, mucho antes de subir al avión (en realidad cuando tomamos la decisión de viajar). Salimos de casa a las seis de la mañana para recorrer los 250 kilómetros que nos separan del aeropuerto, el vuelo salía al mediodía rumbo a Madrid a 12+4 horas de Argentina.
El avión iba lleno, casi tomado por completo por un grupo escolar de adolescentes que se iban a jugar al rugby a Escocia (tomá pa' vo') Pasaron buena parte del viaje agitando el ambiente. Entre ese ruido constante y las horas que parecían estirarse más de lo normal, el trayecto se hizo largo por momentos:: películas, música, algún intento de dormir y, por supuesto, la comida de avión, que a mí me encanta.
Durante el vuelo vi Mi pobre angelito, una parte de Titanic —solo hasta antes del hundimiento porque todo lo que viene después me hace llorar—, jugué al solitario, escuché música, dormí entre una cosa y otra. Las primeras comidas llegaron rápido, pero la última apareció recién una hora antes de aterrizar, cuando todos ya estábamos mirando el mapa del vuelo esperando que apareciera Madrid.
Al llegar todavía quedaba una pequeña odisea: retirar las valijas y atravesar la ciudad con todo ese equipaje encima. Teníamos dos valijas cada uno y por delante un recorrido que incluía metro y tren antes de llegar a la casa de Juli. No sabíamos muy bien cómo íbamos a hacer para movernos con todo eso, pero lo hicimos igual.
Cuando finalmente salimos de la estación eran cerca de las siete de la mañana y lloviznaba. Todo me resultaba desconocido, pero hubo algo que me llamó la atención de inmediato: un obelisco marrón en una esquina. Me provocó una mezcla rara de amor y celos al mismo tiempo.
🏡 Los primeros días
Juli estaba haciendo teletrabajo y nosotros, en cambio, estábamos en una mezcla extraña de sueño, emoción y jet lag. Yo me dormí un rato para recuperar algo de energía, mientras Nacho, que parecía no sentir el cansancio, no paraba de hablarle a Juli mientras ella intentaba concentrarse.
Esa misma tarde salimos a caminar por el centro. Pasamos por Puerta del Sol, por Plaza Mayor y por varias calles que me parecían familiares y nuevas al mismo tiempo. Todo era lindo, todo era distinto, y en un momento caí en la cuenta de algo muy simple: estábamos en Madrid.
Nos quedamos en la casa de Juli y Nico. A Nico lo conocí en 2018,cuando trabajábamos en mi último trabajo en relación de dependencia. Yo estuve ahí apenas un año; en 2019 renuncié y ese mismo año él pidió que lo trasladaran a España. Nos volvimos a ver recién en 2023, cuando Nacho y yo hicimos un viaje anterior a Madrid. En ese viaje fue también cuando conocí a Juli, que se había mudado desde Argentina para vivir con él.
El taller estaba programado para unos días después de nuestra llegada. Nosotros aterrizamos el 4 de febrero y el encuentro sería el día 8, así que tuvimos algunos días para conocer la ciudad y acomodarnos. En una de esas salidas aproveché para pasar por la librería donde se iba a hacer el taller y conocer el lugar con calma. La librería se llama Los Pequeños Seres, en la zona del Rastro, y me encantó desde el primer momento. Tenía una energía bohemia e intelectual que me representaba muchísimo, de esos lugares donde uno siente que las ideas y las conversaciones circulan con naturalidad.
🧵 El día del taller
La noche anterior al taller nos acostamos tardísimo porque queríamos dejar todo listo: las varitas, los materiales, las cosas para compartir durante el encuentro. Esa necesidad de controlar cada detalle que aparece justo cuando más posibilidades hay de que algo se desordene. Al día siguiente levantarse fue durísimo y llegamos a la librería con menos tiempo del que nos hubiese gustado tener. Por suerte eramos 6 mamnos dadolo todo para que que todo quede en perfectas condiciones.
Mientras acomodábamos la mesa, yo todavía estaba procesando la escena: un taller de varitas en Madrid, en una librería hermosa del Rastro, con personas que habían decidido venir a probar algo que hasta hacía poco existía solo en mi mesa de trabajo en Argentina.
👩🧶 Las tejedoras madrileñas
Las alumnas empezaron a llegar y enseguida me di cuenta de que mis nervios o mierdos no tenían demasiado sentido. Yo al no conocer nada de la cultura o las formas de allá tenía cierta incertidumbre sobre cómo iba a fluir el encuentro. Pero todo se dio con una naturalidad hermosa. Las participantes eran increíbles: curiosas, pacientes, agradecidas. Dos de ellas, madre e hija, habían viajado desde Mallorca solo para participar del taller. Eso todavía me emociona cuando lo pienso. Había también una chica que recién empezaba a tejer y que rápidamente encontró compañía entre las demás. En un momento entendí algo muy simple: nuestro idioma es universal. No hablo del español como idioma sino del idioma tejeril. No importa de qué lado del océano estés, cuando alguien ama el tejido, siempre hay una forma inmediata de entenderse.
🎨 La mesa llena de varitas
El momento de pintar fue uno de esos instantes donde todo empieza a fluir. Se soltaron rápido, sin presiones, respetando los tiempos del taller pero haciendo cada una lo que realmente le gustaba. Hubo risas, silencio, concentración y muchas preguntas.
Valu, la más joven del grupo, sentía que no le iba a salir bien... Me senté cerca, le mostré algunos pasos simples y de a poco empezó a confiar más en lo que estaba haciendo. Cuando entendió que no tenía que hacerlo perfecto sino hacerlo suyo, se soltó por completo. En un momento levanté la vista y vi la mesa llena de varitas, cada una distinta, cada una con su propia personalidad. Qué afortunadas todas de coincidir en ese lugar y haciendo algo que nos va a acompañar mas allá de ese día. Pintar tu varita es una experiencia que perdura en cada proyecto que tejas con ella. Ahi está la magia.
🌙 Después del taller
Cuando terminamos, salimos a dar una vuelta por el Rastro. Era domingo y la zona estaba llena de puestos y gente caminando. Paseamos un rato, todavía con esa sensación de satisfacción que queda cuando algo sale bien.
Para cerrar ese día terminamos en el Mercado del Ferrocarril, cerca de la casa de Juli, en Delicias. Es una antigua estación de tren donde todavía se pueden ver locomotoras viejas en exhibición y muchos puestos gastronómicos alrededor. Caminábamos entre esos vagones mientras el cansancio finalmente empezaba a aparecer.
🌍 Lo que me dejó ese día
El taller había salido mejor de lo que imaginábamos. Las chicas estaban felices, algunas incluso preguntaban si íbamos a repetirlo durante la semana.
Un proyecto que había nacido en mi mesa de trabajo en Argentina había cruzado el océano y estaba ahí, en una librería de Madrid, en manos de ocho tejedoras que lo habían hecho propio.
Pero el viaje todavía guardaba otra experiencia intensa.
Porque unos días después nos esperaba el verdadero desafío: montar el stand en Love Yarn Madrid.
Y esa historia merece su propio capítulo.
(Continuará... Gracias por llegar hasta acá!)